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¿Somos emocionalmente inteligentes?

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Hoy en día no paramos de escuchar las palabras inteligencia emocional, y es que su impacto en nuestras vidas es tan alto, que es serio plantearnos su existencia y dedicarle un tiempo a ella.

Los beneficios que la inteligencia emocional aporta a las personas, han sido puestos de relieve en múltiples estudios y se ha demostrado su influencia en los ámbitos educativo, de la salud y de las organizaciones.

Según Mayer y Salovey, referentes e investigadores de la inteligencia emocional, la define como la “capacidad para procesar la información que nos proporcionan las emociones. Las personas emocionalmente inteligentes son aquellas que saben atender a las emociones originadas en su entorno, comprenden las posibles causas y consecuencias y, en consecuencia, desarrollan estrategias para regular o manejar esos estados emocionales”.

 La diferencia entre individuos que ponen en práctica competencias emocionales y las que no son muy sustanciales. Los primeros, suelen resolver de forma creativa sus problemas y aceptan los desafíos que implican estar “en conflicto”. No bañan su perspectiva con pensamientos rumiantes ni ansiógenos que trastoquen el bienestar psicosocial de los mismos. De alguna manera, no inhiben el proceso de la resolución de problemas, buscando la sombra en el silencio de sus necesidades, o en la cesión de su poder personal. Son personas con una mayor libertad de decisión, con un autocontrol aprendido, fruto de haber tomado en cuenta sus emociones y su posterior ajuste. En consecuencia, desarrollan estrategias para regular o manejar esos estados emocionales y se permiten flexibilizar sus conductas, adoptando múltiples perspectivas a la hora de afrontar un conflicto.

Una vez sentadas las bases de la inteligencia emocional, pasaría a trasladar la pregunta ¿Somos emocionalmente inteligentes?

Existen muchos estudios que demuestran que flaqueamos en este ámbito, y por desgracia, la emoción, aunque encubierta, dirige en muchas ocasiones nuestras vidas.

Son muchos los ejemplos; cuando nos sentimos cuestionados por los demás, en nuestros trabajos, en nuestro entorno social o familiar, cuando tenemos un desengaño amoroso, cuando nos quedamos enganchados en un rol y no sabemos actuar desde otra faceta nuestra, cuando debemos decidir sobre qué opción vital elegir o cuando recibimos una devolución agresiva de un ser querido y entramos en verdadera ira, estos son reflejos inexcusables de que no estamos gestionando nuestras emociones de forma saludable. Nadamos entre la evitación y el impulso, y en vez de poseer un locus de control estable que provenga de “mi” de “mi centro”, percibimos la realidad como un huracán que a su paso se lleva todo. De ser así, abandonamos el poder frente a las situaciones, el control se lo damos a las circunstancias y como consecuencia las soluciones no forman parte de nuestras decisiones sino de la propia coyuntura.

A parte de “entrenarnos” en tomar conciencia sobre nuestros propios sentimientos, creo que hay un paso más allá, que nos ayudaría a reparar nuestros estados emocionales, se trata de hacernos “muy nuestra la creencia” de que puedo interrumpir estados emocionales negativos y prolongar los positivos. Debe existir una clara intención y voluntad en creer que se puede conseguir aplicando estrategias de regulación que consistan en incrementar las emociones positivas y minimizar las negativas.

Desde las sesiones grupales e individuales de coaching e inteligencia emocional, trabajamos con visualizaciones positivas de un “yo” futuro, la generación de perspectivas diferentes sobre un mismo problema, con la toma de conciencia de nuestras necesidades más profundas, o la restructuración cognitiva, observando los problemas como una ocasión para el crecimiento y desarrollo personal.

También es adecuado dicho trabajo con niños y adolescentes, sentando las bases para ser individuos emocionalmente inteligentes. Aunque con un cariz más lúdico, el juego dará pie a no desanimarse ante las dificultades ni ceder a las emociones negativas, muy al contrario, se activará la creencia de la auto-eficacia, desarrollando una construcción del yo, sólido y seguro de sí mismo.

Verónica Martínez

Formadora en Inteligencia emocional

Coach personal

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